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Por Carlos Caballero

Los nuevos datos del informe PISA son demoledores: España obtiene sus peores resultados históricos en Matemáticas, Lectura y Ciencias. Un tercio de los alumnos ni siquiera alcanza el nivel mínimo de competencia en Matemáticas y Lectura.

Pero el caso de Cataluña resulta especialmente preocupante. Sus alumnos sufren uno de los mayores retrocesos y quedan por debajo de la media española y de la OCDE. Jóvenes que están a las puertas de incorporarse al mercado laboral terminan su educación obligatoria sin dominar siquiera las competencias mínimas.

Y aquí conviene preguntarse qué hemos estado priorizando durante años. Mientras el rendimiento académico se desplomaba, el nacionalismo catalán ha convertido las aulas en trincheras lingüísticas e ideológicas. Se ha puesto demasiado empeño en imponer un modelo lingüístico y construir una identidad completamente falsa, y demasiado poco en garantizar que los alumnos aprendan.

Porque la escuela pública debe formar, no adoctrinar; enseñar, no hacer política. Y cuando la ideología ocupa el lugar de la excelencia, el aprendizaje y la meritocracia, los resultados terminan hablando por sí solos.

Hay quienes achacan los bajos niveles de rendimiento y aprendizaje de la enseñanza pública catalana a las actuales protestas de los docentes: las ratios elevadas, el calor en las aulas, la sobrecarga de trabajo o la falta de tiempo para poder hacer un acompañamiento individual de cada alumno. Y sí, son reivindicaciones legítimas contra el actual Govern socialista de Illa. Pero no podemos justificarlo todo con ellas. Porque el problema viene de mucho antes y es un problema de raíz. Los informes PISA de años anteriores, cuando estas dificultades no habían alcanzado las dimensiones actuales ni estaban tan agravadas, ya mostraban una educación catalana mediocre y una tendencia preocupante. De hecho, la OCDE señala un deterioro sostenido del rendimiento catalán desde 2012. Por tanto, las actuales condiciones de los docentes pueden agravar el problema, pero no explican su origen.

El problema es estructural y viene de lejos. Y ahí es donde debemos preguntarnos qué se ha priorizado durante tantos años en la educación pública catalana. Porque mientras los resultados académicos empeoraban, el nacionalismo catalán ha utilizado durante décadas la escuela como una herramienta de construcción nacional, colocando la lengua, la identidad y las causas secesionistas por delante de lo que debería ser la prioridad absoluta: enseñar y conseguir que los alumnos aprendan.

Las ratios importan. Los recursos importan. Las condiciones de los docentes importan. Pero no pueden convertirse en una excusa para no afrontar el problema de fondo. Si el deterioro educativo ya era visible hace más de una década y la inmersión lingüística ya comenzaba a imponerse desde la década de los 80 es evidente que sus causas son mucho más profundas.

Por otro lado, cabe recalcar que Cataluña ha quedado fuera de los resultados comparables de PISA 2025 después de excluir al 23,2% del alumnado, una tasa muy superior a la establecida por la OCDE. El caso vasco también queda condicionado por una reducción sustancial de la muestra de centros. No deja de llamar la atención que ambas comunidades compartan un mismo modelo de imposición con la famosa inmersión lingüística. La polémica no termina ahí. Antes de su exclusión, Cataluña había registrado uno de los retrocesos educativos más acusados, situándose por debajo de la media española y de la OCDE en Matemáticas, Lectura y Ciencias. La propia OCDE advierte de que una exclusión tan elevada puede afectar a la representatividad de los resultados y, por tanto, a la fotografía global de España. Cuadruplicar en tres años la tasa de exclusión no parece un detalle menor ni casual. Y cuando una comunidad que acumula un fuerte deterioro académico termina además fuera de la comparación internacional, las preguntas son inevitables. Y es que los alumnos necesitan aprender, no ser utilizados como instrumentos de una batalla separatista identitaria.

El informe PISA evidencia que el deterioro de la educación catalana viene de lejos y no ha hecho más que agravarse con los años. Entre 2018 y 2022, Cataluña perdió 21 puntos en Matemáticas, 22 en Lectura y 12 en Ciencias, con una caída media de 18,3 puntos en las tres competencias. Y en 2025 la situación resulta aún más preocupante. Los resultados obtenidos por los alumnos que finalmente hicieron la prueba -474 puntos en Matemáticas, 473 en Lectura y 502 en Ciencias.

Asimismo, la inmersión lingüística en catalán se ha convertido en una de las principales herramientas del nacionalismo para la construcción identitaria y nacional de una imaginaria «república catalana». Un modelo impuesto desde las instituciones que, durante años, ha colocado la cuestión lingüística en el centro de las aulas mientras relegaba a un segundo plano lo que debería ser prioritario: la formación, el aprendizaje y la excelencia académica.

Detrás de cada resultado hay miles de alumnos cuyo futuro depende de la educación que reciben. Una sociedad no puede aspirar a prosperar con una formación mediocre, ni puede permitir que la construcción de una determinada identidad política se anteponga al derecho de los alumnos a recibir una educación exigente y de calidad.

Y mientras Cataluña queda fuera de la fotografía comparable de PISA por una tasa de exclusión del 23,2% del alumnado, las preguntas son inevitables. Cuando los resultados son malos, no se puede esconder la realidad: hay que corregirla.

Quizá haber gastado durante años parte del presupuesto y de las energías del sistema educativo en pagar la vigilancia lingüística por los centros de educación primaria, llegando incluso a supervisar qué idioma utilizan los alumnos durante el recreo y los pasillos con inspectores lingüísticos de la Generalitat pululando por los centros, no es precisamente la mejor prioridad si lo que queremos es formar en conocimientos a las futuras generaciones.

Mientras tanto, las aulas acumulan cada vez más contenidos y programas alejados de lo verdaderamente esencial: matemáticas, ciencias, comprensión lectora y conocimientos que preparen a los alumnos para su futuro. Programas de la Generalitat de Cataluña como el Coeduca’t, con contenidos sobre la masturbación y la autoexploración dirigidos a niños de 3 a 6 años, matemáticas con perspectiva de género en primaria y la ESO según el currículo oficial derivado de la fatídica socialista Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Educación (LOMLOE), matemáticas con un sentido socioemocional, cursos y programas de normalización e imposición lingüística o los llamados «contratos lingüísticos», con los que se condiciona y obliga a niños de 7 años a firmar una ficha para comprometerse a utilizar el catalán incluso fuera del centro, son ejemplos de cómo la agenda ideológica y lingüística se ha priorizado en la escuela pública.

A ello se han sumado actividades y actos políticos que también han ocupado tiempo lectivo, desde minutos de silencio por los pobres «presos políticos» en horas de clase hasta excursiones escolares a concentraciones independentistas, como en algunos colegios de Barcelona y del resto de Cataluña durante el procés. Y no hablamos únicamente de casos aislados o de rumores. Sin ir más lejos, durante el procés se documentaron numerosos episodios en centros educativos. En el IES Lluís de Peguera de Manresa, por ejemplo, la dirección permitió que profesores llevaran a alumnos a manifestarse junto a una comisaría de la Policía Nacional; en el IES Bisbe Sivilla de Calella, profesores colocaron una urna en el patio para que alumnos y docentes participaran en una votación simbólica en defensa del referéndum; en el IES El Palau de Sant Andreu de la Barca se organizó un minuto de silencio tras el 1-O; en el Instituto Lacetània de Manresa varios profesores habían instado a alumnos a salir durante horas lectivas a pegar carteles a favor del referéndum por las calles. También se documentaron movilizaciones de alumnos de varios institutos de Olot y otros centros de Cataluña. El propio Ministerio de Educación llegó a enumerar una docena de centros en los que se habían producido movilizaciones de alumnos relacionadas con el Golpe de Estado separatista del referéndum del 1 de octubre durante horas lectivas.

Cada hora dedicada a imponer una determinada visión lingüística o ideológica es una hora que debería servir para enseñar. Porque la escuela pública no está para construir identidades políticas, sino para garantizar que todos los alumnos, independientemente de su origen o lengua familiar, reciban una educación exigente, rigurosa y de calidad.

Igual querer construir una fanática «República Catalana» con niños que salen de las aulas sin saber cálculo mental, leyendo e interpretando textos a duras penas y con carencias en ciencias no es precisamente la mejor idea ni el mejor proyecto de construcción nacional. Mucho adoctrinamiento, mucha identidad y mucha ingeniería lingüística, pero, a la hora de la verdad, los alumnos en Cataluña salen de la educación pública con severas carencias en su aprendizaje.

La educación pública merece más respeto, calidad, exigencia y excelencia. En lo que no se puede convertir es en un aparato al servicio del activismo separatista para priorizar y adoctrinar en las aulas desde pequeños con auténtica basura ideológica, nacionalista e imposiciones lingüísticas. Luego no nos alarmemos si los datos son los que son.

La educación pública debería ser el gran ascensor social de la nación: el lugar donde el hijo de una familia humilde pueda encontrar las herramientas, la disciplina y la formación necesarias para llegar tan lejos como su capacidad y su esfuerzo le permitan. Por eso, una España fuerte no necesita ciudadanos adoctrinados desde pequeños, sino ciudadanos formados, capaces y preparados para poner sus capacidades al servicio del bien común.

Además, después de tantos años intentando implantar el separatismo y el marxismo en las aulas de Primaria y Secundaria, la jugada le ha salido rana.

La imposición lingüística ha terminado provocando el efecto contrario al que pretendían. Han conseguido convertir una lengua como el catalán en una lengua que muchos jóvenes perciben como aburrida, en desuso, artificial y alejada de su vida cotidiana. ¿Por qué? Porque durante años lo único que han hecho ha sido imponerla durante horas y horas lectivas. Y cuando a un joven le impones algo constantemente, es muy difícil que termine queriéndolo de manera natural.

En lugar de hacer del catalán una lengua atractiva, viva y que los jóvenes quieran conservar y utilizar, han conseguido justo lo contrario: que cada vez tenga menos presencia en su vida cotidiana y que muchos jóvenes ni siquiera la hablen en casa. Y es una pena, porque el catalán es una lengua muy bella que forma parte del patrimonio y de la riqueza cultural de España, como tantas otras lenguas y tradiciones regionales. Una lengua y una cultura tan españolas como la sardana, el chotis, el vascuence, la jota aragonesa, el aurresku, la romería del Rocío o el gallego, que deberían conservarse y transmitirse por amor a nuestra cultura, no mediante la imposición.

Y lo más paradójico de todo esto es que, después de décadas de adoctrinamiento, los jóvenes no solo secundan cada vez menos el separatismo, sino que también cada vez son más de derechas Es decir, todo este proyecto no solo no ha conseguido sus objetivos políticos, sino que, mientras se dedicaban a llenar las aulas de ideología y de imposiciones, han descuidado precisamente aquello que debería ser lo fundamental: que los alumnos aprendan. Se han cargado la educación pública para nada. Y, a las pruebas me remito.

 

 


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