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Una reflexión sobre la pérdida de la moral y de las raíces cristianas por Carlos Caballero

El compromiso político del cristiano como vocación de servicio

Los jóvenes cristianos estamos llamados a participar activamente en la vida pública, no para imponer una confesión religiosa, sino para contribuir al bien común desde unos principios católicos y universales como la dignidad humana, la solidaridad, la justicia y la responsabilidad.

El compromiso político exige una vocación de servicio público, fe, formación intelectual y fortaleza moral. Se trata de una participación basada en el servicio, la búsqueda de la verdad y la defensa de la vida, la familia y la justicia social. En definitiva, la política entendida como vocación de servicio constituye una expresión concreta de la caridad cristiana.

La memoria histórica cristiana como fundamento de la identidad política

Precisamente porque la política constituye una expresión concreta de la caridad cristiana, resulta necesario preguntarse por los fundamentos morales e históricos desde los que debe ejercerse ese servicio al bien común. Renunciar a ese legado o tratar de desvincularnos de él supone un error cuyas consecuencias ya pueden apreciarse en la sociedad actual.

Esa recuperación de la memoria colectiva no responde únicamente a una cuestión histórica o religiosa, sino que tiene consecuencias directas sobre la forma en que entendemos hoy la política, el Estado y la identidad nacional.

España no está llamada a perder esa brújula moral, que históricamente ha representado la Iglesia Católica y todo lo que ha significado para la configuración de la España moderna.

Por eso, la política no puede separarse completamente de la moral cristiana y el actual Estado aconfesional plantea límites en ese sentido.

Si nos olvidamos de nuestras raíces, de nuestro pasado y de aquello que ha configurado nuestra identidad como nación, lo perdemos todo.

Cuando retiramos los crucifijos de las instituciones públicas, esas paredes no permanecerán vacías durante mucho tiempo: serán ocupadas por otros símbolos y otras ideologías.

Europa ante la pérdida de sus raíces cristianas

Esta reflexión no afecta únicamente a España, sino al conjunto de Europa.

Europa nació profundamente marcada por el cristianismo. Sus universidades, hospitales, catedrales, instituciones jurídicas, filosofía, arte y la propia concepción de la dignidad humana son fruto de siglos de tradición cristiana.

Sin embargo, ese legado histórico atraviesa un profundo proceso de transformación.

La creciente secularización ha llevado a muchos países europeos a desvincularse de sus raíces, promoviendo una identidad basada únicamente en criterios económicos, administrativos y en sociedades multiculturales sin un marco común de valores.

La pérdida de referencias favorece la crisis demográfica, el debilitamiento de la familia, la desorientación cultural y, finalmente, la pérdida de identidad.

Europa necesita redescubrir su patrimonio espiritual, no como una nostalgia del pasado, sino como fundamento para afrontar los desafíos del presente.

Polarización, relativismo y crisis de cohesión social

La pérdida de referencias comunes ayuda a explicar buena parte de la polarización que viven actualmente las sociedades occidentales.

A mi juicio, esta situación responde en gran medida a la implantación progresiva del marxismo cultural, que durante décadas ha promovido una lógica permanente de confrontación.

Se enfrentan hombres contra mujeres, homosexuales contra heterosexuales, izquierdas contra derechas o blancos contra negros, en lugar de poner el acento en aquello que une a los ciudadanos.

El resultado es una sociedad cada vez más fragmentada.

Frente a ello, resulta imprescindible recuperar una brújula moral compartida.

Esa referencia puede encontrarse en el humanismo cristiano, que durante siglos permitió construir sociedades cohesionadas.

La cultura de la vida frente a la cultura de la muerte

Las consecuencias de ese alejamiento de las raíces cristianas también afectan a la forma en que entendemos la dignidad humana.

Uno de los ejemplos más claros lo encontramos en el aborto y la eutanasia.

Se presentan como grandes conquistas sociales cuando, desde una perspectiva cristiana, representan justamente lo contrario: el fracaso moral de una sociedad que ha dejado de situar la vida humana en el centro de la acción política.

Casos recientes como el de Zoraya ter Beek en Países Bajos o el de Noelia en Barcelona muestran hasta qué punto algunas sociedades han normalizado que la respuesta al sufrimiento pueda ser la muerte en lugar del acompañamiento, la esperanza o los cuidados.

Es, probablemente, uno de los mayores fracasos éticos de la Europa contemporánea.

Las cifras del aborto también invitan a la reflexión:

  • 3 millones de abortos al año en Europa.
  • 73 millones en todo el mundo.
  • 200.000 abortos diarios.
  • 140 abortos cada minuto.

Ante estos datos cabe preguntarse:

¿Es esto realmente progreso?

Occidente ha alcanzado enormes cotas de bienestar material.

Pero cuando una civilización deja de proteger la vida más indefensa, también comienza a perder su brújula moral.

Política y moral: una relación inseparable

La política no puede desligarse de la moral.

Toda sociedad necesita fundamentos éticos sólidos que orienten sus decisiones y protejan la dignidad de la persona desde la concepción hasta la muerte natural.

Desde el humanismo cristiano, la acción política debe estar al servicio del bien común, de la defensa de la vida y de la dignidad humana.

Si sustituimos la cultura de la vida por una cultura relativista del descarte, difícilmente podremos seguir hablando de un verdadero progreso moral.

El despertar espiritual de una nueva generación

Frente a este panorama resulta esperanzador observar el creciente interés de muchos jóvenes por la fe.

Cada vez más jóvenes sienten que su vida necesita algo más profundo que aquello que ofrece la cultura contemporánea.

Ese despertar espiritual no puede explicarse únicamente como una moda.

Responde a una auténtica búsqueda de sentido.

Dios está vivo.

Y precisamente por eso muchas personas redescubren hoy la fe, los sacramentos y la tradición cristiana.

Lo verdaderamente contracultural en la Europa actual es creer.

Una vida centrada exclusivamente en lo material termina dejando un vacío difícil de llenar.

En cambio, poner a Dios en el centro de la vida no elimina el sufrimiento, pero sí permite afrontarlo con esperanza.

Quizá la mayor revolución de nuestra generación no sea tecnológica ni política, sino espiritual.

 

 

 


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