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La izquierda abertzale: 15 años desde el supuesto cese de la violencia, pero 49 años de cargos electos manchados de sangre. PARTE II.

De la lucha contra ETA a los acuerdos con EH Bildu.

Por Hugo Escarpa

En la primera parte recorrimos casi medio siglo de historia de la izquierda abertzale, desde sus primeras representaciones políticas hasta la presencia actual de los herederos ETA en las instituciones. Ahora bien, ¿qué ha ocurrido con aquellos partidos que durante décadas sufrieron el terrorismo, denunciaron sus crímenes y defendieron a sus víctimas? ¿Cómo hemos pasado de aquella oposición frontal a la violencia a los acuerdos que hoy mantienen con EH Bildu?

Y aquí entra en acción la posición del Partido Socialista frente a ETA, un partido que vivió durante décadas las amenazas, la persecución y el asesinato de sus propios militantes y cargos públicos a manos de la banda terrorista.

Y es importante hacer referencia a Patxi López, quien tuvo que vivir el terrorismo de cerca, hasta el punto de convertirse en uno de los objetivos de la banda, que incluso llegó a planear su asesinato. También vivió el asesinato de dos compañeros de su propio partido, cuyos féretros llegó a llevar a hombros.

A mucha gente le sorprende que el actual PSOE coleguee con Bildu, salvando las distancias, aunque probablemente pocos conozcan que dentro del Partido Socialista de Euskadi está integrada una de las coaliciones que nació de dirigentes de la propia banda terrorista. Seis votos han sido decisivos para que Pedro Sánchez y el PSE olviden todo el dolor que causó en nuestra nación el terror de Batasuna y se burlen de las víctimas de esta forma tan inhumana.

El propio Partido Socialista, ahora hablando del de Navarra, le arrebató la alcaldía a UPN para concedérsela a EH Bildu, una de las concesiones del pacto secreto de investidura que hizo que Bildu gobierne la capital de su ansiada, utópica e inexistente Euskal Herria, Iruña (Pamplona).

Sánchez retiró de la lista europea de organizaciones terroristas a ETA, también a petición de los abertzales. Y, por supuesto, sin dejar de hablar de los centenares de propuestas que se han hecho para prohibir los ongi etorris a los presos etarras tras sus excarcelaciones, a las que, por supuesto, el PSOE ha votado en contra.

382 presos de ETA han sido trasladados a las cárceles vascas, a petición de Bildu, durante el mandato de Sánchez, de 2018 a 2023. Y ni más ni menos que 154 concesiones de tercer grado.

Muchos de estos asesinos han estado resonando en nuestras cabezas tras leer sus nombres en la prensa y escucharlos en las radios y televisiones durante estos últimos años. Etarras en libertad y sin haber cumplido íntegramente las condenas que debían cumplir: Txeroki (Garikoitz Aspiazu), Henri Parot, Anboto (Soledad Iparraguirre), Juan Antonio Olarra Guridi, Ainhoa Mujika y Asier Arzalluz Goñi.

¿Cómo es posible que un partido que ha sufrido tanto la masacre de ETA contra el disidente, en el que sus propios miembros eran amenazados y asesinados, que tenían que llevar escolta, el partido de Rosa Díez, que abandonó el propio partido por este acercamiento a Bildu y este blanqueamiento durante la etapa de Zapatero, no tenga a nadie más en sus filas que tenga decencia, moral y humanidad hacia las víctimas?

¿Cómo es posible?

La respuesta es mucho más ruin de lo que nos pensaríamos: seis votos, la mafia de la política. La inmoralidad del socialismo en su máximo esplendor.

Hablemos ahora del PNV. Y es que el gran vencedor, a costa de todo el terror que se vivía con ETA, fue el propio Partido Nacionalista Vasco. Cuán bien le vino al PNV que existiera una fuerza revolucionaria abertzale para consolidar la hegemonía supremacista de una nación fuerte, tradicional y puramente racista, que trataba a los vascos venidos de fuera de la comunidad autónoma como ciudadanos de segunda. Esa «nación» que expulsó a más de 300.000 vascos a base de amenazas, señalamientos y terror en las calles. Gente disidente que, evidentemente, no iba a votar nacionalismo.

Y es que ETA nació inicialmente de un grupo de jóvenes nacionalistas vascos procedentes de Ekin y del entorno de EGI, las juventudes del PNV, que habían quedado descontentos con la dirección del partido. Por eso, los jóvenes de Ekin y los del PNV mantenían una relación de amor-odio, en un intento de atraer a los jóvenes nacionalistas. Y es que, aunque el PNV se ha caracterizado por ser un movimiento conservador y católico, bajo el lema de «Dios y Ley Vieja», poco se distinguía, en determinados planteamientos nacionalistas, de los inicios de ETA. Ciertos sectores de la propia Iglesia vasca contribuyeron al nacimiento de la banda terrorista y, no solo eso, sino que difundieron su pensamiento radical, recitaron sus manifiestos y ofrecieron apoyo y refugio a miembros perseguidos por la policía. Algunos sacerdotes llegaron a justificar la violencia terrorista, y no fue hasta mucho después cuando se pidió perdón por aquellos años de plomo en los que se dio la espalda a las víctimas, a las que incluso se les negaron funerales.

El PNV estuvo ausente en todo momento de la lucha contra el terrorismo: en manifestaciones, comunicados y votaciones. Y es que la pasividad muchas veces es peor que la propia colaboración.

Al PNV se le volvió en contra haber actuado con pasividad, mirando hacia otro lado frente a la violencia abertzale, hasta tal punto que en las últimas elecciones vascas, por poco, se produjo el sorpaso de EH Bildu al histórico partido nacionalista. Actualmente tienen el mismo número de diputados y, con gran certeza, EH Bildu conseguirá superar al PNV.

Las víctimas del terrorismo de ETA han sido, en gran parte, apartadas del panorama político porque incomodaban a buena parte de los partidos. Y es que, en pleno 2026, hay quienes han olvidado que se cometieron más de 3.800 atentados, que hubo 853 asesinados, de los cuales 20 eran niños, 2.658 heridos, unos 300.000 exiliados y que el 44 % de los casos siguen sin resolver. Y es que quien olvida su historia o, en este caso, no la conoce, está condenado a repetirla.

Varios colectivos de víctimas han exigido a los partidos políticos que formarán el próximo Gobierno de España una tarea que no puede pasar desapercibida. Y es que, por la memoria, la dignidad, la justicia y la verdad de las víctimas, debemos exigir como sociedad una petición extraordinaria: la ilegalización de EH Bildu. Para que jamás un partido de esas características, un partido que sigue llevando a condenados por terrorismo en sus filas, un partido que, a pesar de haber cambiado de nombre decenas de veces para sortear la justicia y adentrarse en las instituciones, vuelva a decidir nunca jamás sobre el futuro del País Vasco y del conjunto de la nación española. Porque es muy doloroso ver cómo los herederos políticos de los asesinos son decisivos e incluso impulsores de nuestro modo de vida, de nuestra legislación y de nuestra sociedad.

ETA sigue existiendo. ETA, como organización, dijo cesar su actividad violenta hace 15 años, pero no sus seguidores.

Se habla mucho de los supuestos nostálgicos del franquismo, pero poco se habla de los que veneran los tiempos oscuros de Batasuna. Ya lo hemos visto en Pamplona, en Bilbao y en Donosti, cada vez que partidos políticos como VOX o el PP organizan actividades.

Lo hemos visto cuando han apedreado a policías y guardias civiles en manifestaciones, cuando han pegado a chavales en las jaiak, cuando señalan a profesores en la universidad, cuando vandalizan las tumbas y las placas de homenaje a las víctimas del terrorismo.

O cuando, al igual que hace años los candidatos municipales no podían presentarse en sus propios municipios, ahora muchos tampoco pueden hacerlo por las pintadas en sus hogares e incluso las amenazas de muerte.

Lo hemos visto también cuando, en Navidad, las calles se llenan de mesas con fotografías de presos que no pueden cenar con sus familias por estar entre rejas. ¿Pero qué hay de las familias que nunca han podido volver a ver a sus seres queridos porque ETA decidió arrebatarles la vida?

Lo hemos visto con las juventudes de GKS o con los miembros proetarras de Jardun Koordinadora, con información sobre la Guardia Civil y sobre puntos de almacenamiento de armas y explosivos.

La semana pasada, paseaba por la localidad de Getxo y precisamente me llamó la atención que ya había carteles colgados en favor de esos proetarras, aunque, por desgracia, es una normalidad asumida.

O cuando, en la propia Universidad Autónoma de Barcelona, los grupos antifascistas vinculados a la CUP y a Esquerra Republicana de Catalunya corean cánticos como «Pim, pam, pum, que no quede ninguno», o aparecen pintadas de «Gora ETA». Hasta en pleno centro de Madrid las he podido divisar.

Así que sí. Podrán cambiar de nombre, de dirigentes, de color y de socios, pero debemos hacer un ejercicio diario para no permitir nunca que la sociedad olvide la sangre que llevan a sus espaldas.


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